Un verano sin super heroes

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  • Domingo, 12 Julio 2020 00:00
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c.The New York Times Company

No es una novedad que vivimos en una era de polarización. Al menos durante los últimos diez años, la sociedad se ha visto obligada a elegir entre la obediencia a una élite arrogante, acumuladora de privilegios y neoliberal o la lealtad a una ideología beligerante enraizada en la negación, la autocompasión, el resentimiento y la venganza. Puedes adorar los avatares de un “statu quo” para el que solo eres un conjunto de datos o someterte a los ídolos del agravio.

¿Formas parte de los ganadores o apoyas a los desfavorecidos? ¿Tienes fantasías de un gobierno global o de la justicia ciudadana? ¿O te encuentras pasando de un extremo al otro, esperando encontrar algo que satisfaga tus anhelos —de seguridad, de peligro, de solidaridad, de diversión— que a menudo son inestables y contradictorios? La satisfacción es intermitente y pasajera. La decepción es la norma. ¿No podría haber una verdadera alternativa, un escape de la omnipresencia de Marvel/Disney y DC/Warner Bros.?

¿De qué creían que estaba hablando? Sé que la analogía no es perfecta, pero quizá no es una analogía en absoluto. La cultura popular y la política existen en la misma realidad y funcionan en conjunto para transformar nuestra conciencia compartida. Las fantasías que adquirimos con nuestra atención y dinero condicionan nuestra concepción de lo posible o permisible de imaginar. Y la imaginación de Hollywood en la era de las franquicias —la era de la creatividad impulsada por la propiedad intelectual y el cine de los universos expandidos— ha sido autoritaria, antidemocrática, cínica y pseudopopulista. No es accidente que gran parte de la política de la década pasada pueda describirse con las mismas palabras.

No me arroben. No estoy tratando de insultar a los aficionados de “Escuadrón suicida” o “Ant-Man: El hombre hormiga”. Eso ya lo hice y, de cualquier manera, la rapidez con que tantos partidarios se ofenden cuenta como evidencia para apoyar mi argumento. El fanatismo puede ser una forma de tribalismo benigno y enriquecedor, lo cual en ocasiones se convierte en ira tóxica.

Estoy tratando de no ser partidario, y también de evitar la imparcialidad insípida. He disfrutado algunas películas de los universos de Marvel y DC, he odiado otras y me he sentido indiferente respecto de muchas más. Pero no estoy aquí para repetir mis opiniones sobre ninguna película en especial. Podemos seguir debatiendo cómo acomodamos nuestras listas de mejores películas y destacar nuestras favoritas. “Guasón” fue muy oscura. “Guardianes de la galaxia” fue muy divertida. “Thor: Ragnarok” fue muy alocada. Pero esas distinciones —e incluso la apreciación de actuaciones específicas o hazañas cinematográficas— distraen del peso opresor y embrutecedor del sistema como un todo.

Aún hay libros por escribir sobre las trayectorias ideológicas de Batman y Superman, quienes comenzaron como parte de la cruzada mundial antifascista y quizá hayan terminado del otro lado. Sin embargo, la política del universo de DC es a la vez flagrante e incoherente de maneras que provocan que estas películas sean menos insidiosas que sus fúlgidas contrapartes de Marvel, impulsadas por el consenso.

Siempre ha sido posible debatir con y sobre “Batman: El caballero de la noche”, sentirnos preocupados o emocionados por las visiones distópicas y punitivas de la violencia virtuosa y creativa. Que puedas odiar esas películas o sentirte odiado por ellas es hasta cierto punto una señal de integridad. Ese universo puede hacerte sentir repulsión o puede expulsarte de él. Con Marvel, lo único posible es la sumisión.

Como suele ocurrir con los productos que llevan la marca de Disney, el universo de Marvel, territorio del Reino Mágico desde 2009, es un lugar amigable. El motor que impulsó la franquicia mientras crecía fue la red a veces contenciosa de relaciones amistosas entre los muchos héroes. Había riñas y rivalidades cómicas (entre Hulk y Thor) y también divisiones más trascendentales, como el debate continuo entre Iron Man y Capitán América acerca de si es ético que una organización secreta y no electa, que además no rinde cuentas y está conformada por combatientes disfrazados, opere como una fuerza policiaca global y más tarde intergaláctica.

Los ingredientes de la receta siempre estuvieron ahí. El universo moderno de Marvel se construyó con base en el carisma de Iron Man. El culto a la personalidad en torno a Tony Stark, que pasó de ser el chico malo original de la franquicia a su mártir más importante, surgió cuando en el mundo real se alababan los emprendedores de Silicon Valley y los fundadores de las compañías tecnológicas. Stark, que aprovecha el encanto inagotable de Robert Downey Júnior, era un niño rico, descendiente de una enorme compañía de la vieja economía, que innovó en el sector militar-industrial y convenció al mundo de sentirse emocionado con sus muchos inventos fantásticos y revolucionarios. Si en ocasiones se topaba con zonas éticas grises o dejaba que su arrogancia venciera su humanidad, su encanto y su identidad indeleble de chico bueno siempre le permitían que nos siguiera agradando. Era divertido y coqueto, pero también un poco cretino, por lo que tampoco resultaba aburrido. Era una celebridad y un capitalista. Era el modelo de la masculinidad del siglo XXI o, si no, uno de esos tipos que terminan arruinándolo todo.

Sus colegas no eran mucho mejores que él, aunque siempre se pueden señalar excepciones. Podemos decir que no todos los superhéroes son así. Pero pensemos en la naturaleza de su empresa corporativa común y en los perfiles de sus miembros más importantes. Deidades, monarcas herederos, diversos soldados renegados y espías. Científicos y seres superdotados. Los únicos con los que se podría identificar una persona común y corriente son Paul Rudd y Groot.

Lo sé; se supone que son superhéroes, no personas ordinarias. Sin embargo, en el Universo Cinematográfico de Marvel, un grupo de guerreros que prometió servir a los ideales de justicia y rectitud se convirtió en una élite ensimismada, un consejo de directivos dedicados a fomentar su propio poder. La estrategia corporativa de Disney se refleja perfectamente en esas películas, que funcionan como propaganda, pero no para un partido ni para un conjunto de creencias en específico, sino para el presente que estamos viviendo.

El papel de la audiencia, el papel de los millones de personas anónimas cuyas vidas y muertes son paja en las secuencias de acción digital, es ir al cine, divertirse y vitorear a los héroes, con la seguridad de que aquellos saben qué es lo mejor para el resto de nosotros. Esa ha sido una de las modalidades dominantes del entretenimiento: disfrutar el espectáculo de nuestra propia dominación.

Quizá 2020 iba a ser un poco distinto. Un año después del falso “Gotterdammerung” (ocaso de los dioses, en alemán) de “Avengers: Endgame”, Marvel iba a adoptar un enfoque un poco menos maximalista, con historias de superhéroes por separado, como si se publicaran los perfiles de directores ejecutivos menos importantes en una revista. Pero, desde luego, intervino una catástrofe de la vida real y nos encontramos enfrentando la posibilidad de un verano sin películas taquilleras, sin entregas de franquicias que exigen nuestra presencia y nuestra atención en fines de semana designados, sin mercadotecnia agresiva que inunde las pantallas de nuestros hogares.

Y quizá, mientras aprovechamos este tiempo para reconsiderar muchos de los demás sistemas que han parecido tan inmutables, tan naturales, tan parte de la manera en que funcionan las cosas, podemos reflexionar acerca de por qué pensábamos que necesitábamos a todos esos superhéroes o cómo nos los impusieron. Al final, volveremos a ir al cine, pero quizá, cuando lo hagamos, seremos menos dóciles y menos obedientes. No estoy diciendo necesariamente que debamos abolir a los Avengers o quitarle el financiamiento al universo de DC, pero las fantasías del poder están relacionadas con las formas reales que adopta el poder. Lo que parece una pérdida en este verano libre de superhéroes podría ser una liberación.

Una catástrofe del mundo real nos ha obligado a poner pausa a los espectáculos acerca de nuestra propia dominación que antes disfrutábamos.

Escrito por:

A.O. Scott
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